
El jardín estaba amurallado como una ciudadela. Era vasto y sombrío, lleno de susurros y de aromas. Los árboles de las avenidas juntaban tan estrechamente sus ramas, que sólo con grandes espacios veíamos algunos follajes argentados por la luna. Caminamos en silencio. Entre los árboles divisamos un paraje raso con oscuros arrayanes bordados por blancas y tortuosas sendas: la luna derramaba sobre ellas su luz lejana e ideal como un milagro.









