
Los domingos se oía desde una ventana el armónium de un monasterio de monjas; pero se oía muy apagado,y, algunas veces, se quebraba, se deshacía su dulzura; era preciso enlazarla con un ahínco de imaginación auditiva. Pasaba el ruido plebeyo de la calle, más plebello entonces el auto que la carreta de bueyes; pasaba toda la calle encima del órgano, y, como era invierno, aunque se abriesen los postigos,las vidrieras, toda la ventana,quedaban todas las ventanas monásticas cerradas, y luego el plañido del viento entre los árboles de la huerta de las monjas. Había que esperar el verano, que entreabre las salas más viejas y escondidas; así se escucha y se recoge su intimidad mejor que con las puertas abiertas del todo; abrir del todo es poder escucharlo todo, y se perdería,lo que apetecemos en el trastornado conjunto.
Y llegó el verano y la hora en que siempre sonaba el armoniúm celestial; la hora de la siesta; inmóviles y verdes los frutales del huerto místico: el huerto, entornado bajo la frescura de las sombras;la calle ,dormida; todo como guardado por un fanal de silencio que vibraba de golondrinas, de vencejos, de abejas...Y no se oía el órgano; había que adivinarlo del todo. La monja música dormía la siesta.Lo permite el Señor.¿Cómo podrá oirse la música del cielo que sigue piadosamente el mismo camino de la vida de los hombres?
Aprovechémosnos de lo que pase y nos llegue a través de las ventanas cerradas por el invierno...
¿De modo que nos limitaremos al invierno? Pero ¿no sería limitarse más la espera del verano? !Si ni siquiera llegamos a nuestros términos! Tocar el muro, saberlo y sellarlo de nosotros significa poseerlo.
Limitados no es limitarse a nosotros mismos.Proyectémonos fuera de nuestras paredes.
Había plenitud en el sentimiento del paisaje del escondido Somoza, que confesaba no comprender más que el campo de su país, porque de este campo suyo de Piedrahita se alzaba para sus ojos y sus oidos la evocación y la comprensión cifrada de todo paisaje.
...Entre el humo dormido sale ahora el recuerdo de la pintoresca limitación de un hidalgo de Medina.
Era viejo y ceceño, de hombros cansados, de párpados encendidos, y sus manos, de una talla paciente y perfecta, ceñidas por las argollas de sus puños, de un lienzo áspero como el cáñamo. Bien se me aparece; él y su casona lugareña, casa con huerto.El huerto, tan grande que más parecía un campo de heredad, con dos norias paradas;un camino de olmos como si fuese a una aldea; un almiar ya muy roído, y en la sombra de la paja, junto a la era que ya criaba la hierba borde, un lebrel enlodado dormía retorcido como una pescadilla. y, alguna vez,sacaba sus ojos húmedos y buenos del embozo de hueso de su nalga.
Leña de olivera; un cordero esquilado paciendo en el sol de un bancal de terrones;ropas tendidas entre las avenas mustias, y de una rinconada de rosales subía un ciprés rasgando el azul caliente.
El cincelado índice del caballero de Medina señalaba muchos puntos de la mañana en reposo; aquél campo binado,suyo; la rastrojera,también, y un rodalillo de maíz y un horno de cal entre las cepas canijas...
La casona, grande y muda como el huerto. Los viejos muebles semejaban retablos de ermitas abandonadas;Había consolas recias y ya frágiles, arcones, escabeles,dos ruecas floreros de altar, estampas bajo vidrios , una piel de oveja delante de un estrado de damasco donde no se sentaba nadie, lechos desnudos desde que se llevaron los cadáveres de la familia, y la cama de dosel y columnas del caballero, su cama aún con las ropas revueltas, de la que se arrojó de un brinco recrujiendo espantoso por la tos asmática de la madrugada...El comedor, que huele a frío y soledad y, al lado, un aposento angosto y encalado , pero con mucho sol, que calienta los sellos de plomo, los pergaminos, las badanas de las ejecutorias, de las escrituras, de los testamentos que hay en los nichos de la librería, en la velonera y hasta en los ladrillos, y penetraban en el aposento, quedándose alli como dentro de una concha, las voces menuditas y claras de las eras de Medina, rubias y gloriosas de cosecha, joviales de la trilla.
Vino un quejido de un artesón venerable que se iba rosigando a sí mismo.
Y le dije al caballero que yo sabía quién pudiera comprarle alguna consola, las ruecas,un aguamanil vidriado, los arcaces...
El hidaldo movió sus dedos como si oxeara mis palabras,y descogió manuscritos de fojas heráldicas; las había de Maestrantes, de oidores de Chancillería, de un inq1uisidor cuyos eran los arcones y el aguamanil.!Sería inicuo vender las prendas de sus antepasados!
Cuando nos despedimos parecióme que el caballero se volvía a su soledad para tenderse encima como una estatua de sepulcro.Pero la estatua, antes de acostarse en su piedra, se asomó al portal y me dijo:
Lo que yo vendería es el huerto, la casa, y todo de una vez.