
El Señor sale de Bethania, y sus vestiduras aletean gozosas en el fondo azul del collado. Es un vuelo de la brisa que estaba acostada sobre las anémonas húmedas y la grama rubia de la ladera, y se ha levantado de improviso, como una bandada de pájaros que huyen esparciéndose porque venía gente; pero reconocen la voz y la figura del amigo, y acuden, le rodean y le estremecen el manto y la túnica; le buscan los pies , se le suben a los cabellos; porque los pies y los cabellos y las ropas del Señor, y ahora ya la brisa, dejan fragancia del ungüento de nardo de la mujer que pecó.La mañana de la aldea y del monte se rebulle muy mansa entre el abrigo del sol, y dentro del caliente halago aún queda un poco de la desnudez del último frio. El Señor se para y calla aspirando, por recoger más la delicia del aliento del día.
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