lunes, 5 de abril de 2010

VIERNES SANTO. Gabriel Miró


En una peña podrida de las afueras, has agonizado,Señor. Desde la cruz oías y veías el júbilo de los caminos y de la ciudad. Dentro de la ciudad, en el frescor de las fuentes, de los aljibes, de los toldos y bóvedas, en los cenáculos y portales, la multitud se sentía buena, exaltada de amor a la tierra que tú Señor,le prometiste.La tierra retoñaba en los dias tibios y claros de Nisán.
...Polvo y estiércol de ganado;camellos inmóviles mirando el fuego donde cuecen el pan de la Pascua las mujeres de los aduares;Gusanera de hijos entre pienso,cántaras y andrajos;vírgenes descalzas, las cabelleras que relucen de aceites, y encima, un ánfora recta y roja sobre el azul;viejos de sudario pringoso, de barbas de crin,que hunden sus ojos amargos en los mercaderes sirios,fellats con callos de bestias,gentiles y rameras que muerden naranjas.No caben en la ciudad,y se amontonan en los eriales,y, de rato en rato,se vueven hacia el cerro de la ejecución.Algunos suben; miran los contornos de Jerusalén; pasean conversando bajo las cruces;reparan en una llaga, en una mueca,en una deformidad de un ejecutado;saben que este suplicio suele ser lento,y vuelven a su corro para esperar lo último.
No te conocían.Señor. Estabas;los que te siguieron te dejaron, escondidos en la ciudad también aguardaban y querían que todo acabase.
La ciudad , la obra de los hombres,y lo menos humano te mataba.
En los senderos de las aldeas, de los bancales y de la montaña;en los campos de viña, en las aldeas de Gnezareth, vivías confiadamente.Para presentir un peligro te había de llegar la palabra de la ciudad o habías de volver tus ojos hacia el horizonte árido y duro que mata a los Profetas, la que Tú quisiste proteger y transportar bajo tus alas, como hace el ave con sus crías recién nacidas.
Mañanas de los ejidos que huelen a tahona. Siestas en un portal galileo;olor de verano bajo las higueras calientes.Tardes en los oteros;las gencianas, el cantueso, las alhucemas, los lirios perfuman la orla de la túnica.Noches de las orillas del lago; aliento de la sal. Estrellas;anchura callada.En aquél tiempo, Señor,¿no se estremecían tus entrañas de hombre dentro de una llama gozosa que subía calentando las cumbres de tu divinidad?¿No pasó delante de tus ojos una promesa de bién del mundo que Tú modelaste, de la hermosura de los corazones, sin exigir el sacrificio de tu cuerpo?te rodeaban las gentes creyéndote por amor, y en sus ojos Tú veías el júbilo horado del paisaje, una humedad de lágrimas que te pedían la gracia y la salud;bebían la presencia tuya,Casi ya sonreiste, mirando hacia tu Padre,que está en los cielos,y casi ya le dijiste,mostrándole a sus criaturas:
!Son mejores,Padre;son mejores de lo que Tú y yo creíamos en la soledad de la gloria! ¿Es que no será menester que yo muera?

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